El Derecho a la Justicia

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Me cuesta trabajo entender por qué, quienes simpatizamos con el expresidente colombiano Alvaro Uribe, tenemos que vernos obligados a aceptar que se nos insulte, se nos falte al respeto, se nos acuse de todo tipo de crímenes y se nos someta a vejámenes de todos los órdenes. Me parece que lo que sucede es que somos, podría decirse, víctimas colaterales de la guerra que sectores violentos y descomponedores de la actual realidad colombiana han desatado, desde años atrás, contra quién gobernó a Colombia entre los años 2002 y 2010.
La persecución contra Uribe, sus parientes, correligionarios y amigos, no tiene nada que ver con justicia, es apenas venganza, y tiene un origen clarísimo: fue Uribe con su política de seguridad democrática quien consiguió arrinconar a la guerrilla de las FARC y estuvo a punto de derrotarla durante sus ocho años de gestión. Importantes líderes de la organización narcoterrorista fueron dados de baja, ciudadanos colombianos y extranjeros secuestrados fueron liberados, la presencia guerrillera en los cascos urbanos y en las principales carreteras se vio inmensamente restringida y todo esto obligó a las FARC a sentarse a negociar un acuerdo de paz, que lamentablemente resultó decepcionando a más de la mitad de los colombianos.
Los jefes guerrilleros y los lideres de las colectividades de izquierda, supuestamente democráticas, entienden que, como lo hizo cuando fue presidente, Uribe seguirá sirviendo de muro de contención para evitar que el socialismo del siglo 21 se apodere de Colombia, como lo hizo con Venezuela, Nicaragua y Bolivia, e intentó hacerlo con un puñado de otros paises que por fortuna reaccionaron a tiempo y lograron escaparse de un trágico futuro.
Uribe podrá no estar en las riendas del poder en Colombia, pero su influencia electoral es indiscutible. Los dos últimos mandatarios del país, Santos y Duque, fueron sus candidatos y él mismo conquistó una curul en el Senado con la mayor votación del país en dos oportunidades seguidas. Justamente, por su importancia y su poder de congregación es que sus enemigos, que son los mismos enemigos de una Colombia libre, pujante y democrática, se impusieron el objetivo de destruirlo.
Y ya que no han podido hacerlo en su integridad física, Uribe es uno de los ciudadanos mejor protegidos, en un país donde hay que proteger a miles de personas, no les ha quedado más remedio que tratar de destruirlo en el terreno moral. Para ello han montado un absurdo tinglado de patrañas jurídicas, patrocinadas por personajes vinculados con esas mismas organizaciones que él combatió com éxito, sustentándose en testimonios falsos de reconocidos delincuentes y contando con la anuencia y hasta el amparo de un sistema judicial corrupto y desde hace décadas carcomido por la izquierda.
Pero yo me quito el sombrero, porque hay que reconocer que la campaña de desinformación y desprestigio en contra de Uribe ha tenido sus episodios exitosos. Para comenzar, han logrado que odiar a Uribe se convierta en una tendencia de moda. Cuando converso con algunos de esos antiuribistas encuentro que sienten un odio casi visceral, pero son frecuentemente incapaces de justificar semejante animadversión. Usan argumentos como “es que es un paraco,” “ordenó interceptaciones telefónicas’” y otros similares, pero se rehusan a aceptar que si bien ha sido acusado de esos y otros tantos delitos, ha sido inmisericordemente investigado y perseguido, y jamás han logrado probarle una sola irregularidad y mucho menos un hecho punible.
Y es que el propósito de esta campaña va mucho más lejos de simplemente destruir a Uribe. El objetivo es dividir a los sectores de centro y centro/derecha del espectro político colombiano, con el fin de facilitar una victoria electoral de la izquierda, y para eso es fundamental confundir a la opinión pública, creando un enemigo común en contra del que puedan unirse varios grupos.
Solo así se explica que mientras a pocos les importa que el guerrillero que ejecutó el asesinato del excandidato presidencial y expresidente de la Constituyente del 91, Alvaro Gómez Hurtado, ocupe una curul en el Senado de la República, muchos se indignan porque a Alvaro Uribe se le rinde un homenaje, bautizando con su nombre una importante calle de un próspero sector del condado Miami-Dade.
Es triste que Colombia no hubiera despertado a tiempo, antes del engaño del proceso de paz. Nos hubiéramos evitado penosas decepciones. Pero aún podemos evitar peores estragos, tenemos que convencer a nuestra gente de que el malo no es Uribe, como nos quieren hacer creer los mismos que nos prometieron paz, castigos justos para los jefes guerrilleros y reparación para sus víctimas, y después nos engañaron con el referendo que ganamos con el NO. Ellos son los enemigos de la Colombia de bien, y Uribe es el líder con el que podemos derrotarlos.