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UNA COSTUMBRE VENTIJULIERA

Es igual todos los años. Sin importar el tiempo ni la distancia, cada 20 de julio trae consigo una verdadera colección de recuerdos que me remontan a la infancia, aquellos tiempos cuando los problemas, aunque pequeños comparados con los de hoy, parecían enormes e irremontables. Por esos años, décadas de 60 y 70, la Colombia de todos nosotros intentaba reencontrar el camino de la convivencia gracias al pacto entre liberales y conservadores que instituyó el Frente Nacional, un mecanismo de rotación del poder entre los dos partidos que duró 16 años. Atrás había quedado la dictadura militar de Rojas Pinilla y aunque la violencia no mostraba señales de querer desaparecer, su presencia parecía cada día más lejana.

Pero el 20 de julio no era la fecha para recordar malos momentos, todo lo contrario, era el día de la gloria nacional, del orgullo patrio, de la memoria de quienes pusieron los ideales de la patria por encima de sus intereses personales y nos hicieron reconocer nuestro derecho a ser libres e independientes. Era el día de recordar sucesos que acaecieron siglo y medio antes, un día de mercado en la plaza principal de Santa Fe de Bogotá, cuando un  grupo de criollos trataba de organizar un homenaje al Comisionado Regio, Don Antonio Villavicencio, y para el propósito buscaban que les prestaran un florero para adornar la mesa central del evento. Con tan mala suerte, que acabaron dando con un “chapetón,” que así llamaban en la colonia a los españoles, de apellido Llorente y de muy malas pulgas. No debieron ser muy corteses los modales del peninsular, al punto que el incidente resultó siendo la chispa que encendió los ánimos del pueblo, que pedía a gritos cabildo abierto y que a la postre acabó declarando la independencia de la Nueva Granada.

Eso por lo menos era lo que nos enseñaban en la escuela. Un tanto pintoresco y hasta heroico, pero para mí, no pasaba de ser el pretexto para que un día común y corriente no tuviéramos que asistir a clases y en cambio, nos llevaran a ver los imponentes desfiles militares. Eran los tanques de guerra, los transportes de tropa blindados, los imponentes cañones, centenares, tal vez miles de soldados marchando, haciendo esfuerzos sobrehumanos para mantener el paso preciso al ritmo de un, dos, un dos, izquier, deré, izquier deré. Y nosotros felices, porque además, mientras sobre el desfile volaban los aviones militares, los sobrantes americanos de la guerra de Corea y un par de supersónicos de fabricación francesa, la atmósfera parecía llenarse toda del olor de las crispetas, las palomitas de maíz, los pinchos, los chorizos y las empanadas, y si uno sabía pedirlo, era muy posible que junto a todo eso apareciera, también por ahí como por gracia de Dios, un delicioso helado de vainilla.

Era un verdadero día de fiesta. El tricolor patrio ondeaba orgulloso y nosotros mucho más, con el corazón henchido de un patriotismo que lamentablemente ha venido desapareciendo con el paso de los años. Yo trato de revivirlo cada 20 de julio y no dejo de intentar todos los años la tarea de inculcarles esos sentimientos a mis hijas, no los de las fiestas, los desfiles y las suculentas comidas de hacer agua la boca. Los del dolor de patria, el orgullo de la tierra materna, la satisfacción de pertenecer, aunque sea en la distancia, a una Colombia cargada de gloria, con un pasado ejemplar, con una cultura sobresaliente y con un caudal interminable de gente maravillosa que nos hace sentir orgullosos donde quiera que estemos.

Este año, mi pedido al Divino Niño del 20 de julio es que Colombia encuentre el verdadero camino de la paz. Esta Colombia que hoy tenemos, esa Nueva Granada de 1810, esa Gran Colombia hasta 1830, no cayeron del cielo. Ilustres y valientes colombianos como nosotros, entendieron, cada uno en su tiempo, cuál era su obligación con la patria y la cumplieron. Arriesgando sus vidas, algunos hasta sacrificándola, construyeron la nación de la que hoy nos sentimos tan orgullosos. No podemos entregarla irresponsablemente a quienes por más de medio siglo no nos han traído otra cosa que odio, destrucción y muerte.

En homenaje a la memoria de nuestros patriotas, debemos comprometernos con la tarea de defender, como sea necesario, el invaluable legado que ellos nos dejaron. Por Colombia, por las futuras generaciones, por el porvenir del país, por el orgullo de ser lo que somos, porque no seremos perfectos, pero somos colombianos.

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