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¿NO QUE NO?

Nunca deja uno de sorprenderse al ver cómo pueden cambiar las cosas de un día para otro. El domingo 2 de Octubre, cuando la República de Colombia estaba a punto de escribir una de las páginas más dolorosas de su historia, acabó escribiendo una de las más gloriosas. Ese día, los colombianos teníamos la histórica responsabilidad de escoger entre el país viable, aunque a veces confuso que nos ha tocado en suerte, o el paraíso socialista en que los guerrilleros han querido convertirlo desde hace más de cincuenta años.

En un plebiscito amañado, teníamos que responder si aprobábamos los acuerdos negociados por el gobierno y la guerrilla de las FARC en La Habana, firmados en un costoso y espectacular evento en Cartagena, ante la presencia de jefes de estado, artistas y hasta santeros, y un despliegue fenomenal de prensa internacional. El gobierno, obviamente, promovía descaradamente el Sí, la oposición liderada por el expresidente Uribe, promovía el No. Y la disputa no pudo ser más desigual. El Si contaba con toda la maquinaria del estado a su favor, los medios alimentados con los presupuestos de propaganda oficial, los caciques electorales de todas las zonas del país comprando votos, y sobre todo, la habilidad que tuvieron para convencer a muchos colombianos que el Si era la paz y en consecuencia, el No era la guerra.

No fue fácil, pero para Gloria de Dios se logró convencer a la opinión pública colombiana que en realidad el Sí significaba entregarle prácticamente el país a la guerrilla de las FARC, que a partir de la aprobación y refrendación de los acuerdos, pasaría a ser la colectividad dominante en el panorama político colombiano; sus líderes, buena parte de ellos condenados por haber cometido crímenes de lesa humanidad, no solamente gozarían de impunidad perpetua sino que además llegarían al Congreso y devengarían jugosos salarios. Y algo aún más grave, tendrían a su disposición su propio aparato judicial, de instancia única, que les permitiría no solo vestir de impunidad a todos los criminales de sus filas, incluyendo a los ya juzgados y condenados, al mismo tiempo que podrían llamar a juicio, juzgar y condenar a quien ellos quisieran, con el pretexto de que hubieran estado involucrados en presuntos actos de guerra.

A la luz de todo esto, es difícil imaginarse que a pocas semanas del plebiscito, la mayoría de los colombianos manifestaba tener la intención de votar por el Sí. Aún después del triunfo del No, no queda nada fácil creer que casi la mitad de los colombianos votó, no a favor de la paz sino de la catástrofe. Pero esa es agua pasada. Hoy, los colombianos pueden disfrutar de un nuevo amanecer. El recrudecimiento de la guerra con que amenazó el gobierno para asustar a la gente y conseguir más votos por el Sí, parece no estar en vías de cristalizarse. El líder máximo de las FARC, alias Timochenko, dijo desde Cuba que ellos siguen interesados en buscar un acuerdo de paz. Opciones tampoco tienen muchas. Si los cuatro años de negociaciones desgastaron al gobierno, seguramente desgastaron mucho más a las FARC. No que hayan pasado a ser inofensivas, pero tienen menos capacidad de hacer daño hoy que hace cuatro años, y las Fuerzas Armadas, a pesar del empeño del gobierno de Santos en desmantelarlas, conservan aún una importante capacidad de reacción y una presencia fuerte en la mayor parte del país.

Del triunfo del No resulta victorioso, indudablemente, el expresidente Uribe. Queda una vez más demostrada su capacidad de liderazgo y la influencia que ejerce en un muy extenso caudal de colombianos. Le ha hecho mella, no obstante, la oprobiosa campaña que en su contra ha montado el gobierno. Muchos de sus más cercanos amigos y colaboradores han sido judicializados, entre ellos el más notable tal vez, su exministro de agricultura Andrés Felipe Arias. La campaña del gobierno, para tratar de obtener la aprobación por todas las vías de sus acuerdos con las FARC, pasó por intentar que los guerrilleros lucieran como mansas palomas, y Uribe como el gran enemigo nacional. Lo menospreciaron y les salió el tiro por la culata.

Uribe, entretanto, tiene que reaccionar al triunfo de sus huestes con altura de estadista. Primero, tiene que reconocer que la victoria del No no es propiedad exclusiva de su partido político. Las cifras demuestran con claridad que muchos colombianos que no militan en el uribismo votaron en contra de los acuerdos. Comienza una nueva etapa para Colombia, que puede conducir a una paz verdadera, con justicia y equilibrio político, A nosotros, los ciudadanos rasos, nos cabe la responsabilidad de limar las asperezas que este primer boceto de proceso de paz haya podido dejarnos. La polarización entre el Si y el No tiene que pasar a ser cosa del pasado. Que nunca más tengamos que preguntarnos unos a otros si queremos vivir en paz o en guerra, y más bien preguntémonos si queremos tener una Colombia buena o una Colombia mejor.

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